Archive for febrero 2013

una canción para el recuerdo

Maravillosa canción de unos desconocidos Suzi Quatro y Chris Norman que llegó a los primeros puestos de las listas musicales en el año 1979.

Stumblin'in

La letra habla sobre un amor que tropieza constantemente pero que al mismo tiempo se recupera y vuelve a empezar una y otra vez.

23 febrero, 2013
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la extraña necesidad de ruido

Que vivimos en una sociedad ruidosa es algo que no se le escapa a nadie pero además de esto parece que la gente tiene verdadera necesidad de escuchar constantemente ruido. El silencio es molesto e incómodo para muchos. Cuántas veces me han dicho eso de "¿Qué te pasa? ¿Por qué no hablas?" A lo que siempre he tenido que contestar "pues nada, no tengo nada que decir".
Una prueba de esta necesidad de ruido es la dichosa manía de tener la televisión encendida aún cuando nadie la está viendo. Pero eso sí, apagas la tele y seguro que alguno salta preguntando por qué has hecho eso.
Otro ejemplo es el del taxista que o lleva la radio a toda pastilla en olvido total de respeto hacia el pasajero o necesita hablar con el cliente de la situación política, económica y social del país.


22 febrero, 2013
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Nuevo rumbo para el blog

He decidido dar un cambio al uso que habitualmente hago de este blog. Me he propuesto hacerlo más personal y publicar opiniones que me surgen en el día a día.
Espero que mis tres únicas lectoras (Yeste Lima, Oréadas y Bohemia) sepan perdonar mis futuros desvaríos. Estoy en una edad muy mala.

18 febrero, 2013
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volver a leer

Son pocos los libros que leo más de una vez. Siempre pienso que hay tanta literatura interesante esperando por mí que quizás sea una una locura gastar el tiempo en aquello que ya ha sido leído. Pero luego otra voz me susurra al oído que lo importante no es cuánto se lea sino disfrutar mientras se lee.
Dicho esto, hoy empiezo "El navegante" de Morris West.

08 febrero, 2013
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¡háblame!


Siempre me han gustado los trayectos largos en autobús. Suelo arrimar cabeza y hombro al cristal y disfrutar con la vibración del motor. Recuerdo que aquel día llegué a la estación a última hora de la tarde. Debían ser las seis o así. Había empezado el invierno y a esa hora la luz era ya muy débil. Se abrieron las puertas y los pasajeros empezaron a bajar con bastante lentitud. Yo no tenía ganas de levantarme pero la mirada del conductor por el retrovisor invitaba a moverse. Después del salto a piso firme estiré los brazos mientras sonaban y encajaban algunos huesos de la espalda. El fuerte olor a gasoil quemado terminó de espabilarme y me dirigí hacia la única salida peatonal que existía en aquella plaza subterránea. Según avanzaba, el espacio disponible se iba reduciendo culpa de la gran cantidad de personas que en ese momento, y como si de un enorme rebaño se tratase, buscábamos llegar a las escaleras que subían a la calle. Las zancadas del principio dieron paso a pequeños pasos que obligaban a bajar la vista y examinar por donde pisaba. Como pingüinos marchábamos todos en grupo, ordenados pero ajenos unos de otros. En esas situaciones de aglomeración robótica creo que perdemos algo de individuo y ganamos o nos convertimos en parte anónima de un todo con razonamiento colectivo.
Llegué a la base de las escaleras y tuve que parar un instante hasta dejar distancia suficiente con las personas que ya habían empezado a subir. Justo cuando apoyé mi pié en el primer escalón, un grito terrible rompió el aire. Levanté la vista al mismo tiempo que me daba un vuelco el corazón y arrancaba a latir desbocado. No supe reaccionar y reconozco que me paralizó el miedo. En esas circunstancias, el instinto normalmente empuja a correr y huir pero en esa ocasión y en ese estado de desconcierto sólo conseguí observar cómo reaccionaron los demás. Algunos se apartaban a codazos y se abrían camino mientras que otros, la mayoría, movía la cabeza intentando averiguar qué estaba pasando. De nuevo otro grito. Este todavía más largo que el primero. A mi derecha se hizo un pequeño claro y logré verla.  Era una joven bastante alta de pelo rizado rubio. Me daba la espalda y no podía ver su cara. De pié ligeramente encorvada sacudía sus manos al ritmo de sus gritos. No había nada en el suelo y ella no daba la sensación de estar herida. De repente pararon sus chillidos, se giró para sentarse sobre uno de los sucios escalones, descansó los codos sobre las rodillas y con las manos se cubrió el rostro. El susto y la confusión iniciales  se desvanecían poco a poco mientras la lástima y la compasión empezaban a llenar los sentimientos de las escasas personas que la observábamos. Algo no iba bien con esa chica, algo íntimo la desesperaba y había sufrido un ataque de histeria, ansiedad quizás. Se formó una escena un tanto amarga con la joven sentada, encogida y la cabeza enterrada entre las piernas. Quise ayudarla pero no se me ocurría nada. Me acerqué muy despacio.
- Hola, perdona. ¿Estás bien? - Dije agachándome un poco y fijando la vista en sus manos muy blancas de dedos largos sobre su cabeza.
Apenas unos segundos después, movió un brazo y sujetándome muy fuerte de la muñeca, dijo:
- ¡Háblame, por favor!

03 febrero, 2013
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las horas subterráneas

portada del libro las horas subterráneas
Interesante primero y aburrida después novela de la francesa Delphine de Vigan. Literatura inflada y repetitiva que relata un día en la vida de una mujer víctima de acoso moral en el trabajo y un médico quemado y recién separado. Dos vidas paralelas llamadas a cruzarse casualmente en el metro de París.
El tipo de novela que se lee fácilmente y se olvida muy pronto.

02 febrero, 2013
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