¡háblame!


Siempre me han gustado los trayectos largos en autobús. Suelo arrimar cabeza y hombro al cristal y disfrutar con la vibración del motor. Recuerdo que aquel día llegué a la estación a última hora de la tarde. Debían ser las seis o así. Había empezado el invierno y a esa hora la luz era ya muy débil. Se abrieron las puertas y los pasajeros empezaron a bajar con bastante lentitud. Yo no tenía ganas de levantarme pero la mirada del conductor por el retrovisor invitaba a moverse. Después del salto a piso firme estiré los brazos mientras sonaban y encajaban algunos huesos de la espalda. El fuerte olor a gasoil quemado terminó de espabilarme y me dirigí hacia la única salida peatonal que existía en aquella plaza subterránea. Según avanzaba, el espacio disponible se iba reduciendo culpa de la gran cantidad de personas que en ese momento, y como si de un enorme rebaño se tratase, buscábamos llegar a las escaleras que subían a la calle. Las zancadas del principio dieron paso a pequeños pasos que obligaban a bajar la vista y examinar por donde pisaba. Como pingüinos marchábamos todos en grupo, ordenados pero ajenos unos de otros. En esas situaciones de aglomeración robótica creo que perdemos algo de individuo y ganamos o nos convertimos en parte anónima de un todo con razonamiento colectivo.
Llegué a la base de las escaleras y tuve que parar un instante hasta dejar distancia suficiente con las personas que ya habían empezado a subir. Justo cuando apoyé mi pié en el primer escalón, un grito terrible rompió el aire. Levanté la vista al mismo tiempo que me daba un vuelco el corazón y arrancaba a latir desbocado. No supe reaccionar y reconozco que me paralizó el miedo. En esas circunstancias, el instinto normalmente empuja a correr y huir pero en esa ocasión y en ese estado de desconcierto sólo conseguí observar cómo reaccionaron los demás. Algunos se apartaban a codazos y se abrían camino mientras que otros, la mayoría, movía la cabeza intentando averiguar qué estaba pasando. De nuevo otro grito. Este todavía más largo que el primero. A mi derecha se hizo un pequeño claro y logré verla.  Era una joven bastante alta de pelo rizado rubio. Me daba la espalda y no podía ver su cara. De pié ligeramente encorvada sacudía sus manos al ritmo de sus gritos. No había nada en el suelo y ella no daba la sensación de estar herida. De repente pararon sus chillidos, se giró para sentarse sobre uno de los sucios escalones, descansó los codos sobre las rodillas y con las manos se cubrió el rostro. El susto y la confusión iniciales  se desvanecían poco a poco mientras la lástima y la compasión empezaban a llenar los sentimientos de las escasas personas que la observábamos. Algo no iba bien con esa chica, algo íntimo la desesperaba y había sufrido un ataque de histeria, ansiedad quizás. Se formó una escena un tanto amarga con la joven sentada, encogida y la cabeza enterrada entre las piernas. Quise ayudarla pero no se me ocurría nada. Me acerqué muy despacio.
- Hola, perdona. ¿Estás bien? - Dije agachándome un poco y fijando la vista en sus manos muy blancas de dedos largos sobre su cabeza.
Apenas unos segundos después, movió un brazo y sujetándome muy fuerte de la muñeca, dijo:
- ¡Háblame, por favor!

03 febrero, 2013
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Comments (3)

  1. Una voz ajena, la cercanía de alguien puede reconfortar a la más absoluta soledad.
    Un saludo :)Emilio


  2. ¿Se puede estar tan solo que se llegue a desear la voz de un extraño?

    Sí, desde luego, en ese estado de soledad, el más mínimo murmullo ajeno, aún sabiendo que no van dirigidos a nosotros, nos hacen pensar en que nos vamos quedando sordos de no escuchar ninguna voz conocida... entonces deseamos las desconocidas.

    Un beso a los tres.

  3. Gracias Oréadas y Yeste, así es, parece increíble pero la más absoluta soledad se puede dar rodeado de mucha gente.
    Un besote