una hormiga en mi teclado (2)


22 de septiembre de 2012

El destino es para los humanos el mayor de los misterios. Normalmente asociado al futuro, no podemos adelantarnos a él ni tampoco admite la más mínima previsión. Coincidencias,  casualidades, presentimientos, sincronías astrales, intuiciones metafísicas y el azar hacen que a veces el destino parezca tener una fisura por la que mirar y descubrir. Y ayer, este destino insondable y omnipotente, se manifestó. La hormiga de mi teclado surgió de una esquina de la letra P y, exhibiendo sus dos minúsculas antenas, se dispuso a corretear entre las teclas. Esta vez conseguí reprimir mis instintos de homo sapiens y no la aplasté. Quizás esta decisión, que tomé inconscientemente en apenas una fracción de segundo, sea una de las más afortunadas casualidades en la historia de la humanidad.
Llegados a este punto debo reconocer que corro un riesgo muy grande al contar lo sucedido. Mi credibilidad como buen vecino es muy probable que desaparezca y quizás ya nadie me vuelva a tomar en serio en la vida. Pero sinceramente no me importa. Es más lo que pierde la humanidad por su incredulidad ante este asunto que mi descrédito por hacerlo público.
Sin ánimo de extenderme en detalles triviales que puedan cansar al lector, debo confirmar y anunciar que la hormiga de mi teclado se ha comunicado. Tal y como aventuré ayer en tono bromista, la hormiga recorre las teclas formando palabras y mensajes de una coherencia abrumadora. Se puede llamar premonición divina o presagio animal. El término es lo de menos. Lo cierto es que parece como si la hormiga hubiese recogido mi pensamiento y con la capacidad intelectual suficiente lo ha transformado en realidad.
En un principio la hormiga se desplazaba de una tecla a otra sin aparente orden, pero al cabo de un momento descubrí su método. No podía ser más ingenioso. A mí no se me habría ocurrido nunca a pesar de tener mis facultades mentales en plena forma. Recorría los pasillos horizontales y verticales entre las filas de teclas a una velocidad extraordinaria. De repente se detenía en una letra y con evidentes esfuerzos se subía a la tecla y permanecía allí unos segundos. Volvía a bajar con manifiesta facilidad y salía disparada hacia la siguiente tecla.
Creo que la pobre hormiga pasó unos momentos de comprensible desesperación al ver que yo no terminaba de entender su sistema. Y no fue hasta que tomé papel y lápiz cuando pude descubrir la magnitud de lo que estaba sucediendo. Ella al mismo tiempo debió respirar aliviada al comprobar que su mensaje, tantas veces repetido, sería por fin descifrado.
Después de bastantes minutos de senderismo entre teclas, anoté su primer mensaje que, por su contenido y significado más podría considerarse un anuncio: Me llamo Clarisa.


una hormiga en mi teclado (1)

22 septiembre, 2012
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