la abertura de la falda

Todo mi ser, con toda su atención, estaba cautivo de un poderoso imán revelado cuando al sentarse, la abertura en la larga falda verde, desde casi la cadera, se abrió descubriendo una alta visión parcial de la pierna. Aquel corte en la tela se me hizo mágica ventana a otro mundo, a otra edad, misteriosamente conectada con la entreabierta puerta hacia la alcoba. Desde aquella revelación el mundo entero se redujo para mí a la visión del muslo, ofrecida y negada alternativamente según el juego de la falda. Todo mi yo se consagró a adorar visualmente la fugacidad de las apariciones carnales, con cuidado de no hacerme notar, aprovechando para ello los momentos en que ella no me miraba, por haberse levantado a contestar al teléfono, a correr las cortinas contra el sol o a volver a la alcoba para traerme de allí un pequeño recuerdo, un amuleto que me aseguraría la buena suerte... Supongo que en todo momento le contesté sin desatinos, que percibí sus movimientos y escuché su voz, pero sólo estoy seguro de no haberme perdido ni uno solo de los encuadres que, a cada nueva posición suya o a cada paso, me ofrecían las ondulaciones de su falda. Y aunque nunca me concedió la visión plena, aún fue más prodigiosa mi reconstrucción mental del muslo integrando sus fragmentos, con ayuda de aquel perfume suyo penetrándome. Un perfume que tuve la audacia de elogiar, lo que la impulsó a revelarme el secreto con aire risueño, enseñándome  el elegante envase donde leí la clave: Magie, de Lancome.

"El amante lesbiano" de José Luis Sampedro

18 mayo, 2012
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